23 de Abril 2006

Baja los hombros, sube la cabeza..

La primera persona a la que le he cambiado los pañales en mi vida fue a mi hermana pequeña. Yo tenía 12 años y mi madre había ido a comprar el pan. Sentí al bebé llorar en su cunita. Le había sobrevenido una colitis que además de retorcerle sus diminutas tripas la había dejado envuelta desde la barriga a las rodillas en un líquido tibio y marrón que desbordaba la celusosa de su pañal. Me fastidiaba verla estirando unos puñitos enrojecidos y rígidos por el dolor, y apretando esa facciones raras de bebé de tres meses, porque no podía hacer nada por ellos y me hacían sentir una sensación de urgencia que no me apetecía. El dolor tuvo que ceder repentinamente, porque los rasgos se destensaron y apareció una barbillita trémula y desconsolada, un labio fruncido por el estupor de descubrir el dolor, años antes de saber como se llama... Y ese pucherito captó mi antención más que el olor de la diarrea de aquel lactante, porque sólo yo lo había visto. Así que quise hacer algo por aquella barbilla, y busqué una toalla vieja donde depositar aquel cuerpecito, portador de la barbillita y de tanta caca...
Cuando mi madre llegó, encontró el bebé sobre el colchón sin sábanas de la cuna, con un pañal bastante torcido, pero silenciosa y con la mandíbula relajada.
Otra vez ,cuando era el bebé la que tenía doce años, la trajeron sus amigos a la puerta del chalet llorando , con un brazo pegado al cuerpo y aterida de dolor. La había atropellado un amigo con la bici. No había nadie en casa; sólo yo que aquel mismo día había aprobado el carnet de conducir. La llevé en mi coche, de tercera mano, (del que no digo el modelo por pudor), al hospital. En cada bache, el brazo de la niña la hacía gritar de dolor y yo la tranquilizaba estrenando con las manos húmedas el volante. Cuando mi madre llegó al hospital, la niña ya estaba escayolada.
Doce años después de aquello , hemos paseado ambas a una niña de seis en una silla de ruedas con un tobillo roto: mi hija, mientras nos contábamos cuán prufundos eran nuestro baches.
Seis años después, mi hija tiene doce años y hace dos días me acompañaba cuando yo le susurraba a una mujer bellísima que venía de frente: "Baja los hombros, sube la cabeza."
Ella se acababa de bajar un coche y caminaba, vestida de blanco y sonriendo.
Y en la puerta de la iglesia donde se iba a casar estaba su hermana mayor que le decía a la de la barbillita y la caca, a la de los atropellos y los baches, "Baja los hombros, sube la cabeza."

¿Que edad tengo? Arriba esta dicha.

Escrito por La caminante a las 6:38 PM | Comentarios (5) | TrackBack

12 de Abril 2006

En cualquier momento...

Zacarías es el nombre que he inventado para alguien que tenía un auténtico nombre tan extraño como éste.
Fernando, sin embargo, se llamaba en realidad de una forma tan común a ésta.
Para ambos, busqué un nombre falso cuya inicial fuera posterior en el orden alfabético. Oculto sus nombres: protejo ese espacio benigno en el que lo más amargo, como lo más gozoso de cada uno, se acoge a la nada de lo ignorado por todos. Sin embargo transmito su historia que capturé con estos ojos obligados a la conciencia de todo lo próximo. No me permiten otra cosa estas manos incallables…
Zacarías era un adolescente moreno, silencioso y viril. Fernando era un niño muy maricón. Podría ser literariamente más elegante, pero no más sincera: Fernando era muy maricón.
Fernando se paseaba por las calles de nuestra urbanización acompañado por una cabra atada al cuello con una guita. La cabra se llamaba “Lolaflores” Fernando llegaba a la obra del chalet que se construía en la esquina de mi calle, en la que jugábamos a los dados y al “kein” con las cartas por las tardes, cuando los obreros ya se habían ido..
Nosotros intentábamos poder grita ¡Kein!, si nuestro compañero había reunido los cuatro mismos números de los cuatro palos, antes de que alguien exclamara ¡Contrakein! , si interceptaba nuestras señas mientras Fernando escalaba estirado entre las vigas gritando quejumbroso: “Venga, Lola..miarma”.
Zacarías nos había pedido salir a casi todas las niñas de la urbanización, porque a él le gustaban muchos las niñas. Era simpático y discreto, pero persistente y tocón. Tenía fama de salido.
Fernando expresaba una inevitable y escandalosa atracción por Zacarías. Fernando investía de jocosidad sus aproximaciones imprudentes al cuerpo de Zacarías que sólo sonreía cuando los demás reíamos.
Muchas noches hacíamos fiestas en la casetilla de obra de un solar sin construir. Un radiocasete a pilas con los “Dairestreits” , bebidas en botellas y una bombilla pintada. En una de esas fiestas, a Zacarías no le había dicho sí ninguna niña, y tuvo más tiempo y motivo para beber.
En esa misma fiesta, Fernando se aferraba al cuello de un Zacarías tambaleante. Se sientan a beber juntos sobre una alfombra en el cemento del suelo de la casetilla y Fernando dejar caer su cabeza sobre el hombro amplio de Zacarías que aunque tensa sus rasgos, no se mueve. Algo después, Fernando besaba el cuello de Zacarías que miraba con ojos vidriosos al infinito, donde ni el mismísimo alcohol le podía despejar la incognita de aquella súbita excitación. Lo último que recuerdo de aquella escena es una mirada espantada por sus propias sensaciones, una moral, como un virus inoculado, destrozando un cerebro donde se podría estar impresionando las huellas aberrantes de la vergüenza y la culpa…
Y ya no ví más, o no lo recuerdo o no sé si lo contaría si lo recordara.
Conozco cuál fué el futuro de ambos, pero lo considero irrelevante para esta historia.


Escrito por La caminante a las 1:27 AM | Comentarios (4) | TrackBack

7 de Abril 2006

Mi mano en tus palabras.

Quisiera tener tus palabras: no las mías, sino las tuyas.
A veces, quisiera hablarte, otras narrarte.
En ocasiones hablo para tí; y otras de tí.
Algunas veces te temo...otras te necesito.
Siempre te espero.
El pudor se interpone, algunas veces, entre tú y yo.
Hacia tí, me conducen la vocación y la necesidad:
como destino o como impulso..
que me dirigen... inevitablemente.
U ordeno letras, o dibujo ideas..
pero te busco.
O me atrevo o me pregunto,
una y otra vez, en cada línea...
si estás ahí, si era ésto o aquéllo,
lo que me hubieras encomendado.
Me pregunto..
si estas son tus palabras,
o son tus preguntas
o tus respuestas.
Aspiro a saber , alguna vez,
si ésta, la mía, consigue ser tu mano.

Escrito por La caminante a las 11:10 PM | Comentarios (3) | TrackBack